sábado, 4 de mayo de 2013

Cuando las voces están hechas de agua




Sin duda alguna la música es una de las manifestaciones humanas con mayor capacidad para transmitir emociones y evidenciar la fuerza con que la Belleza lo hace sobre el hombre.

Disfrutemos de un agradable paseo por la Roma barroca del siglo XVII, para ponernos en situación. Imaginemos que nos encontramos alrededor de 1623, recién coronado el papa Urbano VIII. Este hombre, perteneciente a la influyente familia Barberini, ostenta el poder no sólo en los Estados Pontificios, sino en todo el orbe católico, en fiera lucha contra un protestantismo ya afianzado. ¿Qué mejor forma de reafirmar la autoridad papal que mediante la ostentación y la monumentalidad? La remodelación de la Basílica de San Pedro, encargada por este papa, es debida a Bernini, al igual que el fastuoso baldaquino que se sitúa sobre el nuevo altar mayor o la fuente de Plaza Navona. O, por ejemplo, el impresionante Palazzo Barberini que da comienzo en 1630 será proyectado por dos genios, Barberini y Borromini, que muy pronto dejarán patente su rivalidad.

En este contexto, el compositor Gregorio Allegri compone hacia 1638 este maravilloso Miserere Mei, Deus para las celebraciones que tienen lugar en la Capilla Sixtina durante la Semana Santa y cuya vigencia se mantiene a pesar de haber pasado casi cuatrocientos años. Esta pieza está compuesta para dos coros y emula el más puro contrapunto renacentista, cuyo mayor exponente fue Palestrina. Las nueve voces que la componen, como sendas portadoras de paz, se entrelazan a lo largo de la pieza formando una bellísima e íntima red que no puede dejar de conmover a quien la escucha. Tan especial es esta pieza que durante siglos se prohibió la copia del manuscrito de Allegri, circunscribiendo su uso únicamente a la capilla papal durante las fechas pascuales bajo pena de excomunión. Cuando el joven Mozart la escuchó por primera vez en 1770 no pudo evitar la provocación, fiel a su personalidad irreverente, y trascribió la pieza entera de memoria y la hizo pública. Este hecho, en contra de lo esperado, le valió la distinción papal de la Orden de la Espuela de Oro en reconocimiento a su genio musical.

Al margen de estas curiosidades la pieza, cristalina en su composición y profunda en su alcance, supone unos minutos de delicioso placer. Bon appetit!

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