Sin duda alguna la música es una
de las manifestaciones humanas con mayor capacidad para transmitir emociones y evidenciar
la fuerza con que la Belleza lo hace sobre el hombre.
Disfrutemos de un agradable paseo
por la Roma barroca del siglo XVII, para ponernos en situación. Imaginemos que
nos encontramos alrededor de 1623, recién coronado el papa Urbano VIII. Este
hombre, perteneciente a la influyente familia Barberini, ostenta el poder no sólo
en los Estados Pontificios, sino en todo el orbe católico, en fiera lucha
contra un protestantismo ya afianzado. ¿Qué mejor forma de reafirmar la
autoridad papal que mediante la ostentación y la monumentalidad? La
remodelación de la Basílica de San Pedro, encargada por este papa, es debida a Bernini,
al igual que el fastuoso baldaquino que se sitúa sobre el nuevo altar mayor o
la fuente de Plaza Navona. O, por ejemplo, el impresionante Palazzo Barberini
que da comienzo en 1630 será proyectado por dos genios, Barberini y Borromini,
que muy pronto dejarán patente su rivalidad.
En este contexto, el compositor
Gregorio Allegri compone hacia 1638 este maravilloso Miserere Mei, Deus para las celebraciones que tienen lugar en la
Capilla Sixtina durante la Semana Santa y cuya vigencia se mantiene a pesar de
haber pasado casi cuatrocientos años. Esta pieza está compuesta para dos coros
y emula el más puro contrapunto renacentista, cuyo mayor exponente fue
Palestrina. Las nueve voces que la componen, como sendas portadoras de paz, se
entrelazan a lo largo de la pieza formando una bellísima e íntima red que no
puede dejar de conmover a quien la escucha. Tan especial es esta pieza que
durante siglos se prohibió la copia del manuscrito de Allegri, circunscribiendo
su uso únicamente a la capilla papal durante las fechas pascuales bajo pena de
excomunión. Cuando el joven Mozart la escuchó por primera vez en 1770 no pudo
evitar la provocación, fiel a su personalidad irreverente, y trascribió la
pieza entera de memoria y la hizo pública. Este hecho, en contra de lo
esperado, le valió la distinción papal de la Orden de la Espuela de Oro en reconocimiento a su genio musical.
Al margen de estas curiosidades la
pieza, cristalina en su composición y profunda en su alcance, supone unos
minutos de delicioso placer. Bon appetit!
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